Hay que reconocer que los seres humanos tenemos un don especial para el aburrimiento. Nos cansa lo bonito y nos agobia la armonía. Por eso, la propuesta de construir la Variante Norte de Jaca es, sencillamente, una proeza de la ingeniería del pavimentazo. ¿Para qué queremos el patrimonio natural de la vega del río Aragón o la autenticidad de los pueblos de La Solana, si podemos sustituir todo eso por un precioso y vanguardista despliegue de hormigón, camiones de gran tonelaje y un reconfortante zumbido de coches a las puertas de casa?
Jaca lleva siglos viviendo de su historia, de su entorno natural, de ser la capital del románico y de ese aire limpio que la gente de ciudad busca con desesperación. Lo que la modernidad exige es que, si alguien quiere entrar a la Jacetania, lo haga cruzando una cicatriz gris que fracture el paisaje del valle del río Aragón para siempre. Un destrozo de los que hacen época, de esos que invitan a los visitantes y a los locales a que se pregunten si el trazado lo diseñó un enemigo de la ciudad y cuestionándose en qué momento los visionarios decidieron que el valle luciría mejor bajo una capa de brea.
Además, destruir la zona norte tiene la ventaja añadida de complicarle la vida a los vecinos de siempre, aquellos que valoran la tranquilidad y el entorno natural por encima de los índices de contaminación acústica y de molestas e interminables obras que se dilatan en el tiempo. Pero ... ¿qué es el bienestar de unos cuantos residentes comparado con la colosal satisfacción de ver una infraestructura faraónica destrozando el norte de la ciudad?
Sin embargo, para los amantes de la monotonía, aquellos que insisten en que las cosas funcionen y que el entorno se respete, siempre estará la sensata opción de la Variante Sur, pero esta alternativa tiene un defecto imperdonable: es lógica, muy lógica.
En lugar de partir el territorio más emblemático y visible de Jaca, la opción sur aprovecha un trazado mucho más integrado y alejado de las zonas de mayor valor paisajístico y residencial. Es una opción que cumple con el propósito de ordenar el tráfico sin la obligación de cometer un crimen estético y medioambiental irreversible a las puertas del Pirineo.
Si se optara por la Variante Sur, nos perderíamos el espectáculo de ver cómo nos cargamos el patrimonio natural a golpe de excavadora. Los turistas seguirían llegando y viendo el mismo paisaje pirenaico de siempre sin la estimulante novedad de un viaducto molestando en mitad de un selfi.
En fin, la decisión está en manos de quienes firman los mapas. Podemos elegir la cordura medioambiental y respetuosa de la Variante Sur, esa que prioriza la salud del valle por encima del sagrado negocio del cemento, o podemos abrazar el progreso del siglo pasado y regalarle a la zona norte un buen festival de asfalto y tubos de escape. Total, ¿quién necesita árboles, ríos, campos y pueblos tranquilos cuando se puede disfrutar de una flamante variante destrozándolo todo?
Jaca lleva siglos viviendo de su historia, de su entorno natural, de ser la capital del románico y de ese aire limpio que la gente de ciudad busca con desesperación. Lo que la modernidad exige es que, si alguien quiere entrar a la Jacetania, lo haga cruzando una cicatriz gris que fracture el paisaje del valle del río Aragón para siempre. Un destrozo de los que hacen época, de esos que invitan a los visitantes y a los locales a que se pregunten si el trazado lo diseñó un enemigo de la ciudad y cuestionándose en qué momento los visionarios decidieron que el valle luciría mejor bajo una capa de brea.
Además, destruir la zona norte tiene la ventaja añadida de complicarle la vida a los vecinos de siempre, aquellos que valoran la tranquilidad y el entorno natural por encima de los índices de contaminación acústica y de molestas e interminables obras que se dilatan en el tiempo. Pero ... ¿qué es el bienestar de unos cuantos residentes comparado con la colosal satisfacción de ver una infraestructura faraónica destrozando el norte de la ciudad?
Sin embargo, para los amantes de la monotonía, aquellos que insisten en que las cosas funcionen y que el entorno se respete, siempre estará la sensata opción de la Variante Sur, pero esta alternativa tiene un defecto imperdonable: es lógica, muy lógica.
En lugar de partir el territorio más emblemático y visible de Jaca, la opción sur aprovecha un trazado mucho más integrado y alejado de las zonas de mayor valor paisajístico y residencial. Es una opción que cumple con el propósito de ordenar el tráfico sin la obligación de cometer un crimen estético y medioambiental irreversible a las puertas del Pirineo.
Si se optara por la Variante Sur, nos perderíamos el espectáculo de ver cómo nos cargamos el patrimonio natural a golpe de excavadora. Los turistas seguirían llegando y viendo el mismo paisaje pirenaico de siempre sin la estimulante novedad de un viaducto molestando en mitad de un selfi.
En fin, la decisión está en manos de quienes firman los mapas. Podemos elegir la cordura medioambiental y respetuosa de la Variante Sur, esa que prioriza la salud del valle por encima del sagrado negocio del cemento, o podemos abrazar el progreso del siglo pasado y regalarle a la zona norte un buen festival de asfalto y tubos de escape. Total, ¿quién necesita árboles, ríos, campos y pueblos tranquilos cuando se puede disfrutar de una flamante variante destrozándolo todo?
por Mª Cristina Barón García